Orla comenzó a reír, primero bajo, un murmullo sarcástico que apenas rozaba sus labios.
Pero pronto su risa fue creciendo, retumbando en la habitación como una carcajada cruel, afilada, llena de veneno.
Fedora la miraba incrédula, como si delante de ella estuviera una mujer completamente loca, un demonio disfrazado de esposa elegante.
—¡¿De qué te ríes?! —gritó, perdiendo el control.
Orla sonrió con malicia, arqueando una ceja.
—De ti, Fedora. ¿De qué más podría reírme? ¿Por qué piensas que voy