Félix conducía el auto con las manos firmes sobre el volante, pero su mente estaba en un torbellino de emociones que apenas podía controlar.
A su lado, Orla permanecía en silencio, sus ojos fijos en el paisaje nocturno que pasaba velozmente.
La ciudad parecía dormir, indiferente a la tormenta interna que ambos compartían.
No pronunciaban palabra, aunque entre ellos flotaba un recuerdo abrasador: aquel beso, intenso, apasionado, que había estallado en el bar y que aún ardía en la memoria de Orla,