—¡¿Escuchas cómo me humilla, Félix?! —dijo Fedora
Félix, sin vacilar, tomó su mano con fuerza, apretándola como si con ese simple gesto declarara algo irrefutable.
—Ella es mi esposa. Vete ahora, Fedora.
Fedora rompió en sollozos, dio media vuelta con la dignidad hecha añicos.
—Te arrepentirás, Félix… —susurró entre lágrimas, pero con un dejo de furia—. Tú me perteneces, siempre me amarás a mí.
Su sombra se desvaneció al conducir su auto lejos de allí, pero el eco de sus palabras se quedó flotan