El aroma a café recién hecho flota en el aire de la oficina cuando Andrea aparece de repente frente a mi escritorio, sus ojos brillando con esa luz particular que solo aparece cuando tiene un chisme jugoso. Sofía, desde su puesto dos mesas más allá, disimula torpemente que estira el cuello para escuchar.
— Tienes que ver esto —susurra Andrea, deslizando su teléfono hacia mí con la pantalla iluminada.
Es un correo electrónico de la agencia de viajes corporativa. Un boleto de avión a Monterr