Mi amiga Cesia no puede creer que Gabriel haya caído tan bajo ante las mentiras bien elaboradas de Miranda.
—¡¿En serio lo hizo?! —pregunta, con los ojos como platos, tratando de procesar la estupidez del hombre—. ¡No me lo puedo creer, amiga!
—Sí, Cesia, así es —le respondo, sirviéndome una copa de vino para calmar los nervios—. Y lo peor de todo es que el muy idiota cayó redondito en su farsa de la pobre mártir. El muy imbécil se la llevó con él para “calmar su tristeza” porque, ante sus ojos