—Bueno, si de verdad no quieres hacerlo, no voy a obligarte a nada —dice ella, dando un paso atrás con una sonrisa misteriosa y juguetona.
Todavía no salgo por completo de mi absoluto asombro al verme de la noche a la mañana atrapado junto a ella en este paradisíaco viaje de vacaciones. La brisa marina de Monte Carlo parece acariciar nuestras pieles, envolviéndonos en un escenario idílico.
—Gabriel… —musita en un hilo de voz.
Trago grueso en el acto cuando pronuncia mi nombre de una forma tan s