8. El juguete del rey
Alaric
Durante treinta años he gobernado en un mundo mudo.
La pérdida del olfato no solo me arrebató las fragancias; me arrancó el vínculo más primitivo con mi lobo. Sin rastro, sin instinto, sin impulso. Aprendí a vivir así. A convertir la ausencia en fortaleza. A ser el Rey de la Frontera porque nada era capaz de alterarme.
Ni el deseo.
Ni la ira.
Ni el miedo.
Hasta la subasta.
No tenía intención de asistir. El consejo llevaba años insistiendo, enviando invitaciones con la misma obstinación con la que cuestionaban mi legitimidad. Una Luna. Un heredero. Una solución fácil para un problema que no entendían.
Fui solo para silenciar rumores.
Y entonces la vi.
Delgada, asustada, con su cabellera blanca y larga mientras intentaba parecer fuerte, pero yo reconozco muy bien el miedo y ella estaba aterrada. Aunque tratara de ocultarlo.
A los ojos del resto, era un vacío. Una loba defectuosa, sin fragancia, sin valor. Vi el asco en los rostros de los alfas, la burla contenida, el rechazo inme