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CAPÍTULO 5: Oportunidades de oro.

Cuatro meses habían pasado desde que Natasha abordó aquel avión con destino a Miami. Cuatro meses desde que dejó atrás su vida, su matrimonio, su dolor.

Y cuatro meses de una búsqueda infructuosa para Adam.

Adam había movido cielo y tierra. Contrató a los mejores investigadores privados. Pagó cifras exorbitantes por información que nunca llegaba. Recorrió hoteles, hospitales, agencias de empleo. Preguntó en cada rincón de la ciudad mostrando la foto de Natasha, la misma de siempre, la de la esposa aburrida con el cabello recogido y la sonrisa tímida.

Nadie la reconocía.

En el aeropuerto, exigió información. Mostró su identidad, su dinero, su poder. Pero nadie daba razón.

—¿Dónde estás? —susurraba en la oscuridad—. ¿Dónde te escondes?

Pero Miami era inmensa. Y Natasha, como siempre en su vida, era invisible.

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Miami era todo lo que Natasha había soñado.

El sol brillaba cada mañana, el mar estaba cerca, y la gente sonreía sin motivo. Su pequeño apartamento en un barrio modesto era su refugio, su santuario. Allí nadie la juzgaba, nadie la ignoraba, nadie le pedía que abortara.

Las primeras semanas fueron difíciles. El dinero que había traído era suficiente para sobrevivir, pero necesitaba trabajar. Su título en diseño de modas era su pasaporte al futuro, pero sin experiencia en el mundo real, nadie le ofrecía un puesto importante. Así que aceptó lo que encontró: una tienda de modas en el centro de Miami. No era el trabajo de sus sueños, pero pagaba el alquiler, la comida, y los controles médicos de su embarazo.

Y allí, en esa tienda, su talento volvió a florecer. Aunque solo era vendedora, Natasha no podía evitar arreglar los maniquíes, sugerir combinaciones a las clientas, y soñar con los diseños que algún día crearía.

Su barriga comenzaba a notarse, un pequeño abultamiento que la llenaba de alegría. Cada patada del bebé era un recordatorio de que estaba haciendo lo correcto. Estaba sola, pero no se sentía sola.

Tenía a su hijo. Y eso era suficiente.

Eran las 4:30 de la tarde en Miami cuando una mujer alta, elegante, con gafas de diseñador y un aura de fama, entró en la tienda. Era Valentina Rossi, una actriz internacionalmente conocida, famosa por sus papeles en películas de acción y por su estilo impecable.

—Necesito un vestido para una gala esta noche —dijo Valentina, su voz autoritaria—. Me han dicho que aquí tienen lo mejor.

La gerente de la tienda, nerviosa, la atendió personalmente. Le mostró los vestidos más caros, los más exclusivos. Valentina eligió uno: un vestido rojo de seda, largo, con un escote pronunciado.

—Este —dijo—. Es perfecto.

Se lo probó en el camerino. Pero cuando salió, su rostro era una máscara de desagrado.

—No queda bien —dijo, y su voz era cortante—. Me aprieta en los hombros y me sobra en la cadera. Esto es un desastre.

La gerente palideció.

—Señorita Rossi, podemos ajustarlo, solo dénos dos días...

—No tengo días —la interrumpió Valentina—. Tengo una gala en seis horas. Y este vestido es perfecto. 

Los dependientes se miraban entre sí, nerviosos. Nadie sabía qué hacer. Eran vendedores, no diseñadores.

Entonces Natasha dio un paso al frente.

—Yo puedo ayudarla —dijo, y su voz era calmada—. Soy diseñadora. Puedo ajustar el vestido para que le quede perfecto. Solo necesito media hora.

Tomó el vestido y se fue al taller trasero. Sus manos, entrenadas en la universidad, trabajaron con precisión. Ajustó los hombros, entalló la cadera, corrigió el largo. 

Treinta minutos después, salió con el vestido.

—Pruébelo ahora —dijo, entregándoselo a Valentina.

Valentina entró al camerino. Cuando salió, su rostro había cambiado. El vestido le quedaba como hecho a medida. La seda roja se ceñía a sus curvas, el escote era perfecto, el largo ideal. Se veía espectacular.

—Dios mío —susurró Valentina, mirándose en el espejo—. Esto es... esto es perfecto.

Abrió su cartera y sacó un fajo de billetes.

—Toma —dijo, entregándoselos—. Esto es por el vestido.

Natasha abrió los ojos.

—Señorita Rossi, esto es demasiado...

—Te lo mereces —la interrumpió Valentina—. Y no te preocupes. Voy a hablar con el dueño de esta tienda para que te dé un puesto como diseñadora. O mejor aún... conozco a alguien en la mejor empresa de diseño de Miami. Creo que deberías ir.

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Tres días después, Natasha estaba en la oficina de Diseños Di'Carlo, la empresa de moda más prestigiosa de Miami. Un edificio imponente, con paredes de vidrio, luces blancas y un aire de sofisticación que intimidaba.

La recibió Clara, la diseñadora jefe, una mujer delgada de cabello rubio y mirada fría.

—Así que tú eres la protegida de Valentina —dijo Clara con desdén—. Aquí no se necesita caridad. Se necesita talento.

—Tengo talento —respondió Natasha con firmeza.

Clara la miró de arriba abajo, posando sus ojos en su barriga apenas perceptible.

—¿Y además embarazada? Esto va a ser más trabajo. Serás mi asistente. No esperes hacer nada importante.

Los días pasaron. Natasha trabajaba sin descanso, llegaba temprano, se quedaba hasta tarde. Clara la humillaba constantemente: rompía sus bocetos, tiraba sus diseños a la basura, le decía que no tenía talento.

Pero Natasha no se rendía.

Hasta que comenzó a notar algo extraño: Clara presentaba en las reuniones diseños que Natasha había creado. Diseños que Clara había rechazado, pero que ahora presentaba como suyos.

—Este es mi último trabajo —decía Clara, mostrando un boceto de Natasha—. Es mi mejor colección.

Los directivos aplaudían. Felicitaban a Clara. Y Natasha veía cómo su talento era robado.

—No puedo quedarme callada —se dijo, apretando los puños.

Una mañana, Natasha tomó una carpeta con todos sus diseños originales. No pidió cita. No avisó. Caminó directamente hacia las oficinas ejecutivas con pasos firmes, el corazón latiéndole con fuerza, la furia quemándole el pecho.

Llegó frente a la puerta del CEO. Respiró hondo. Y tocó.

—Adelante —dijo una voz masculina desde el interior.

Natasha abrió la puerta.

La oficina era amplia, con ventanales que daban a toda la ciudad de Miami. El sol entraba a raudales, iluminando un escritorio de madera oscura. Y detrás de él, de pie, estaba él.

Un hombre alto, de cabello oscuro y ojos verdes. Vestía un traje impecable, con la chaqueta desabrochada y la camisa blanca abierta en el cuello. Su mandíbula era fuerte, su mirada intensa. En su mano sostenía un vaso de agua, y Natasha pudo ver cómo la garganta se movía mientras bebía.

Era extremadamente guapo.

Natasha se quedó paralizada un instante. El corazón se le aceleró por una razón que no esperaba. No era miedo. Era algo más. Algo que no había sentido en años.

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