CAPÍTULO 4: Golpe bajo.

El alta médica llegó al día siguiente.

Natasha salió de la habitación con pasos lentos, su cuerpo aún débil, pero su mente más firme que nunca. Adam estaba esperando en el pasillo, su rostro una máscara de hielo. No la miró a los ojos. No le preguntó cómo se sentía. Solo dijo:

—Coge tus cosas. Vamos a casa.

Natasha no respondió. Caminó detrás de él, sintiendo la distancia que se abría entre ellos como un abismo.

El viaje en auto fue un infierno de silencio.

Adam conducía con las manos aferradas al volante, los nudillos blancos, la mandíbula apretada. Cada pocos minutos, golpeaba el volante con furia contenida, un golpe seco que hacía vibrar el auto.

Natasha iba en el asiento del acompañante, las lágrimas rodando silenciosamente por sus mejillas. Pero no lloraba porque él no le creyera. No.

Lloraba porque se dio cuenta de algo peor.

Si él estuvo con Gatúbela, pensó, el dolor perforándole el pecho, también pudo haber estado con cualquier otra bailarina. Cualquier otra mujer.

Esa idea era más devastadora que todas las indiferencias de los últimos años. No solo la ignoraba. No solo la llamaba aburrida. También la había engañado. 

Y yo ni siquiera lo sabía.

El auto se detuvo frente a la casa. Adam salió sin mirarla, caminó hacia la puerta con pasos firmes. Natasha lo siguió, sintiendo que cada paso era una despedida.

Entraron a la casa.

Antes de que Natasha pudiera decir algo, Adam la agarró del brazo con fuerza. La giró bruscamente para enfrentarla.

—Ese bebé —dijo, y su voz era un cuchillo—. No puede nacer. Hay que abortar.

Natasha sintió que el mundo se detenía.

—¿Cómo? —susurró, incrédula—. ¿Cómo puedes pedirme eso?

—No es mi hijo —dijo Adam, soltándola y dando un paso atrás—. No voy a criar un bastardo de otro hombre.

La palabra bastardo fue como un latigazo.

—Eres un desgraciado —dijo Natasha, y su voz se quebró—. Después de todo lo que he hecho por ti. Mientras tú te divertías con quién sabe cuántas mujeres, yo he estado en casa limpiando, cocinando, teniendo todo listo para ti. Y tú ni siquiera me miras.

—Cállate —rugió Adam, su rostro enrojecido—. Mañana vas a abortar a ese bastardo, ¿entendiste?

Natasha lo miró, y en sus ojos ya no había lágrimas. Solo un odio que nunca había sentido.

—No —dijo, su voz firme—. No voy a abortar. Este bebé es lo único que me importa. Y tú... tú no eres nada para mí.

Adam la miró un largo momento. Su furia era tan grande que temblaba. Sin decir otra palabra, salió de la casa, dando un portazo que hizo vibrar las paredes.

Natasha se quedó sola.

Y supo que no podía quedarse.

Sabía que si se quedaba, Adam podía llevarla a la fuerza al hospital. Podía hacerla abortar contra su voluntad. Y ese bebé, ese bebé que llevaba dentro, era lo único que le importaba en el mundo.

Sacó la maleta grande del armario y comenzó a llenarla con lo esencial. 

Soy estudiada, pensó mientras cerraba la maleta. Tengo un título. Puedo trabajar en cualquier lugar. Puedo salir adelante.

Y entonces tomó una decisión: iría a Miami.

Siempre había soñado con vivir cerca del mar, con el sol, con un clima cálido. Miami era vibrante, llena de vida, una ciudad donde nadie la conocería. Allí podría empezar de nuevo. Sería solo ella y su bebé.

---

En el aeropuerto, compró un boleto a Miami. El vuelo salía en dos horas. Se sentó en la sala de espera, su maleta al lado, y observó a la gente pasar. Familias, parejas, viajeros solitarios. Todos con sus propias historias.

La suya estaba comenzando de nuevo.

Subió al avión con la maleta en una mano y el futuro en la otra. Cuando el avión despegó y la ciudad se hizo pequeña bajo las nubes, Natasha sintió que podía respirar por primera vez en años.

No estaba huyendo. Estaba eligiendo. Eligiendo vivir. Eligiendo ser feliz. Eligiendo a su hijo.

Cerró los ojos y sonrió.

Bienvenida a tu nueva vida, Natasha.

---

Adam llegó a casa casi a las 5 de la tarde del día siguiente.

Había dormido en el auto, borracho, despertándose con un dolor de cabeza terrible y un vacío en el pecho. Esperaba encontrar a Natasha en la cocina, preparando la cena, como siempre.

Pero la casa estaba vacía.

—¿Natasha? —llamó, pero solo el eco respondió.

Recorrió las habitaciones. La sala, la cocina, el dormitorio. Nada. La cama estaba hecha, pero su lado estaba vacío. El armario de ella... entreabierto.

No puede estar lejos, pensó. No tiene amigas. Nunca sale. Tiene que estar aquí.

Pero no estaba.

Pasaron las horas. Adam esperó sentado en la sala, mirando la puerta. Las horas se convirtieron en un día. Luego en dos.

No llegaba.

Al tercer día, fue al dormitorio. Necesitaba encontrar algo, cualquier cosa que le diera una pista. Abrió cajones, revisó armarios. Y entonces, en la mesita de noche, vio algo que le heló la sangre.

El anillo de matrimonio.

El suyo. El que ella siempre usaba.

Estaba solo sobre la madera, brillando bajo la luz tenue.

Adam lo tomó con manos temblorosas. No podía creerlo. Ella se había ido. Realmente se había ido. Y lo había dejado todo.

—¿Cómo pudiste? —susurró, y su voz se quebró—. ¿Cómo pudiste irte? ¿Cómo pudiste abandonarme?

La furia estalló.

Tumbó todo lo que encontró a su paso. Lámparas, libros, adornos. Todo voló por el aire en un ataque de rabia y desesperación.

El anillo se le cayó de las manos, rodando por el suelo. Se deslizó debajo de la cama.

Adam se agachó para recogerlo. Extendió la mano, palpando en la oscuridad bajo el mueble.

Y entonces sintió algo.

Una caja.

La sacó lentamente, con dedos que temblaban. Era una caja de zapatos, común, sin nada especial. Pero cuando la abrió...

Su mundo se derrumbó.

Dentro estaba el disfraz.

El corsé de terciopelo negro. El antifaz de plumas de cuervo. Los tacones de aguja. Todo el atuendo de Gatúbela estaba allí, en sus manos, tangible, real.

—No —susurró, su voz apenas un hilo—. No, no, no...

Pero era verdad. Gatúbela era Natasha. Su esposa. La mujer aburrida. La mujer que siempre estuvo allí.

—¿Qué he hecho? —gimió, apretando el antifaz contra su pecho—. ¿Qué he hecho?

El antifaz olía a ella. A su perfume. El mismo perfume que siempre usaba.

Y Adam comprendió.

No la había engañado con otra. La había engañado con ella misma. Había deseado a su esposa sin saberlo. Había hecho el amor con su esposa sin saberlo. Y cuando ella se lo dijo, él no le creyó.

La llamó aburrida.

La acusó de infiel.

Le pidió que abortara a su propio hijo.

—Soy un monstruo —susurró, y las lágrimas corrieron sin control—. Soy un monstruo, Natasha. Y te perdí. Te perdí para siempre.

Se puso de pie, el disfraz en sus manos, el anillo en la otra. Su mundo se había reducido a esos dos objetos: la prueba de su error y el símbolo de su pérdida.

—Te voy a encontrar —dijo, su voz firme ahora, llena de desesperación—. Te voy a encontrar, Natasha. Y voy a recuperarte. Aunque tenga que recorrer el mundo entero.

Pero sabía, en el fondo de su corazón, que tal vez ya era demasiado tarde.

Y que ella había elegido irse.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP