Los días pasaron como un sueño febril.Natasha bailaba cada noche en Lux, y cada noche Adam estabña allí. Sentado en la misma mesa, con el mismo bourbon, la misma mirada fija en el escenario. Marcos ya no lo acompañaba; Adam iba solo. Llegaba puntual, se sentaba, y esperaba.Esperaba a Gatúbela.Y ella nunca lo decepcionaba.Cada baile era para él. Cada movimiento de sus caderas, cada arqueo de su espalda, cada deslizamiento por el tubo de acero, todo estaba calculado para clavarse en su memoria como una obsesión que no podía sacudirse. Bailaba para él, lo provocaba con sus ojos, lo desafiaba con su cuerpo.Y él, el hombre frío, el CEO imperturbable, el esposo que nunca miraba a su mujer, estaba completamente atrapado.Le daba dinero. Mucho. Billetes que ella dejaba sobre la mesa sin recogerlos. No necesitaba su dinero. Solo necesitaba una cosa: demostrarle que ella sí servía como mujer.Mírame, pensaba mientras sus caderas se movían al ritmo de la música. Mírame como nunca me miraste
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