Capítulo 28.

—La Gran Madre bendice mis ojos al ver a una loba... legendaria —murmuró el hombre.

Respondí con una inclinación de cabeza y una leve reverencia.

Sabía que él era el sumo sacerdote porque, bueno… la ropa lo delataba.

Una túnica blanca sin adornos, pantalones del mismo tono, sin joyas, sin bordados, sin el más mínimo intento de demostrar riqueza. Tampoco llevaba perfume, algo que contrastaba violentamente con el aroma empalagoso que dominaba el salón.

El culto de la Gran Madre se caracteriz
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