Capítulo 27.
—Ven, vayamos a la sala exclusiva del rey —dijo después de analizar mi rostro durante largos segundos.
Buscaba algo en mi cara que, supongo, no encontró.
Me encogí de hombros y me levanté. No tenía razones para negarme y, honestamente, el salón comenzaba a asfixiarme. Enseguida hizo lo mismo y tomó mi mano con firmeza.
La música no se detuvo, pero sí lo hicieron varias conversaciones. Lo noté en el silencio irregular que se formó a nuestro alrededor, en la forma en que algunos lobos bajaban la