Capítulo 26.

El salón de descanso era una especie de anexo más pequeño, separado del gran salón por un arco amplio y varias columnas de piedra. Allí la música se escuchaba más lejana, más suave. Las conversaciones eran más bajas. Más… íntimas, si es que eso se podía llamar intimidad con toda la atención volcada sobre mí.

Había sofás, mesas pequeñas con copas y botellas.

Y nobles.

Muchas lobas nobles.

Algunas nos miraron entrar con curiosidad abierta.

Otras fingieron no hacerlo, aunque sus orejas y sus ojos las delataban.

La loba del vestido burdeos eligió un sofá y se sentó con gracia. Una de las chicas que la acompañaban le pasó una copa; la otra me ofreció otra a su vez. La tomé, susurrando un “gracias”. Después, ambas se sentaron a un lado de su líder, formando una línea perfecta. Un frente unido.

Yo tomé asiento frente a ellas, con la espalda recta.

—Qué descortés he sido —dijo entonces la loba principal, llevándose la mano libre al pecho—. Mi nombre es Seris. Mi familia gobierna las tierras d
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