Capítulo 14.

El niño me miró de reojo con una mezcla extraña de curiosidad y nerviosismo, como si no supiera muy bien si debía tratarme como a una invitada o como a alguien que podía romperse con solo hablarle fuerte.

—Sígueme —dijo finalmente.

Su voz era suave, todavía infantil. Asentí sin dejar de caminar. El cuerpo me dolía como si hubiera envejecido diez años en un solo día.

—¿Cómo te llamas? —pregunté mientras salíamos al pasillo.

Se giró apenas, sorprendido por la pregunta, como si no esperara que alg
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