93.
KAYNE
No hay palabras después de lo que ella me ha dicho, nada; solo me quedo ahí, con el teléfono aún pegado al oído, observando el lago y sintiendo la brisa fría que mueve ligeramente la copa de los árboles.
No sé cómo más reaccionar, qué hacer, qué decir.
Ella es la que cambiaría nuestro mundo, quien regresaría a la luna su equilibrio sin necesidad de volvernos a quebrar.
—¿Estás… estás segura de lo que dices?
—Muy segura, Kayne. De todos modos, cuando regresen podré verla; tal vez pueda ver