92.
KAYNE
—Gracias—, la escuché susurrar entre el dolor y el cansancio, pero había algo más en su voz, eso que ella no decía.
Lo sentía a través de nuestro vínculo, una alegría inmensa, una sensación de por fin pertenecer a alguien aún cuando había perdido las esperanzas.
Sus manos siguen aferradas a mí, asegurándose de que esto fuera tan real como la marca en su cuello.
Beso sus lágrimas, que más que de dolor son de felicidad; la seco con mis labios, saboreando ese toque dulce en ellas.
Acari