73.
AURORA
Un gemido de dolor salió de mis labios al sentir mi espalda golpear la chimenea con fuerza. El calor se sintió abrumador en mis piernas por un momento, antes de que un hombre hecho fiera lo apagara.
—No, eso nunca va a pasar, Aurora. Nadie más puede tocarte, nadie más puede hacer lo que yo puedo. Eres mía, solo mía.
—¿Y qué vas a hacer si me niego? ¿Matarme? ¿O irte a follar con ella como lo estabas haciendo anoche?
—¡YO NO LA TOQUÉ, MALDITÂ SEA! NO HUBO NADA, NADA, JODER. ¿CÓMO MIER