39.
KAYNE
Sabía que era un riesgo lo que había hecho; darle de mi sangre para que sanara no era un acto prudente, y mi propia madre me lo dejó muy en claro cuando quiso golpearme en la cabeza.
"Estás loco, no puedes hacer eso. Ella es humana, no tiene una loba que pueda ayudarla a procesar tu sangre", me había dicho, persiguiéndome por toda la oficina con algún objeto en la mano.
Pero, aun así, lo hice: solo unas gotas de mi sangre en sus labios cada vez que la veía dormir con el ceño fruncido p