Mundo ficciónIniciar sesión—¿Las reglas? —preguntó Valeria, sin apartar la vista de Sebastián.
—Sí. Si este matrimonio va a funcionar, debemos establecer ciertos límites desde el primer día. Ella soltó una risa incrédula. —Firmé un contrato, no un reglamento. —Firmaste ambas cosas. Antes de que pudiera responder, Clara con su uniforme impecable apareció en la entrada del salón. —Señor Sebastián, la cena estará lista en unos minutos. —Gracias, Clara. Espera un momento, por favor. —Sí, señor. Valeria observó a la ama de llaves. Su trato con Sebastián era impecable, casi militar. Él volvió a dirigir su atención hacia ella. —La primera regla es sencilla: delante de cualquier persona seremos un matrimonio de verdad. No habrá discusiones, ni contradicciones, ni gestos que hagan pensar lo contrario. —Eso ya lo sabía. —La segunda es el respeto. Ninguno tomará decisiones que afecten al otro sin hablarlas primero. Valeria asintió lentamente. Hasta ese momento, las condiciones parecían razonables. Pero la expresión de Sebastián cambió. —Y hay una tercera. —¿Cuál? Él sostuvo su mirada con absoluta tranquilidad. —Compartiremos la misma habitación. Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. —¿Perdón? —Escuchaste bien. —Eso no estaba en el contrato. —No con esas palabras, pero sí estaba implícito. Ningún matrimonio duerme en habitaciones separadas. No cuando hay empleados observando cada movimiento. —Entonces despide a los empleados. Una leve sonrisa apareció en el rostro de Sebastián. —Clara lleva más de veinte años trabajando para mi familia. El resto del personal también es de absoluta confianza. No voy a cambiar el funcionamiento de esta casa. Valeria negó con la cabeza. —No pienso compartir una cama contigo. —Nunca dije que tendríamos que hacerlo. Ella lo miró confundida. —Mi habitación tiene dos ambientes. Cada uno tendrá su espacio y su privacidad. Pero, si alguien entra o pregunta, verá exactamente lo que espera ver: un matrimonio. Valeria guardó silencio. No era la respuesta que esperaba. Tampoco podía negar que tenía sentido. Sebastián dio un paso hacia ella, manteniendo una distancia prudente. —Quiero que algo quede muy claro. Su voz sonó firme. —Jamás voy a tocarte sin tu consentimiento. Este contrato no me da ese derecho, ni lo quiero. Aquellas palabras desarmaron parte de la tensión que ella sentía. Por primera vez desde que lo conocía, creyó ver algo diferente detrás de aquella imagen de hombre frío y calculador, RESPETO. -Esta bien... compartire la habitación. Respiró hondo antes de responder. Valeria soltó el aire lentamente, como si con aquella respuesta hubiera firmado un segundo contrato. —Solo hay algo que quiero dejar claro, Sebastián. Él esperó en silencio. —No voy a convertirme en la esposa perfecta solo porque llevemos un anillo. Una leve sonrisa se dibujó en los labios de él. —Nunca te lo pediría. —No cocinaré para ti, no elegiré tu ropa y mucho menos fingiré que estoy enamorada cuando estemos solos. —Me parece un trato justo. Ella arqueó una ceja. —¿Eso es todo? —No necesito que cambies quién eres, Valeria. Precisamente te elegí porque no eres como las mujeres que intentan impresionarme. Aquellas palabras la descolocaron. No sabía si tomarlas como un cumplido o como una simple observación. —Sigues siendo un completo misterio. —Y tú haces demasiadas preguntas. —Alguien tiene que hacerlas. Por primera vez desde que se conocieron, Sebastián dejó escapar una risa breve y sincera. No era la sonrisa calculada del empresario que aparecía en las revistas. Era la de un hombre que, por un instante, parecía olvidar el peso que cargaba sobre los hombros. Valeria lo observó con atención. Quizá había juzgado demasiado rápido al hombre que tenía enfrente. O quizá él simplemente sabía ocultar muy bien quién era en realidad. Sebastián hizo un leve movimiento de cabeza. —Gracias. Clara dio un paso al frente. —¿Desea que acompañe a la señora Valeria para instalar sus pertenencias, señor? Sebastián sonrió apenas. —No. Esta vez la acompañaré yo. Valeria lo siguió escaleras arriba sin imaginar que, al cruzar la puerta de aquella habitación, su vida volvería a cambiar. Porque desde esa noche dejarían de ser dos desconocidos unidos por una firma. Ahora tendrían que aprender a convivir... bajo el mismo techo y detrás de la misma puerta.






