Capítulo 3

Valeria permaneció inmóvil. Miró la enorme mansión y luego volvió la vista hacia Sebastián.

—No la llame mi casa. Solo estoy aquí porque firmé un contrato.

—Lo sé.

—Y cuando ese contrato termine, me iré.

—Si eso es lo que quieres cuando llegue el momento... nadie te detendrá.

Aquella respuesta tomó a Valeria por sorpresa. Esperaba que intentara convencerla de lo contrario o que le recordara las condiciones del contrato. Pero no. Él simplemente aceptó su decisión, como si ya supiera algo que ella todavía ignoraba.

—¿Así de fácil? —preguntó, arqueando una ceja.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Sebastián.

—Nunca he obligado a nadie a quedarse a mi lado.

Valeria desvió la mirada por un instante.

No sabía por qué, pero esas palabras pesaban más de lo que deberían.

Aquella respuesta la desconcertó. Esperaba una discusión, una amenaza o alguna condición. En cambio, Sebastián hablaba con una tranquilidad que le resultaba imposible descifrar.

Se acercó a la gran puerta de madera y la abrió.

—¿Vienes?

Valeria respiró hondo antes de entrar.

Lo primero que sintió fue el silencio.

No era el silencio de una casa vacía, sino el de un lugar donde todo parecía estar bajo control. El piso de mármol reflejaba la luz del amanecer, los enormes ventanales iluminaban cada rincón y un delicado aroma a café recién hecho flotaba en el ambiente.

Era una casa elegante.

Demasiado elegante.

Pero también fría. Como si las paredes ocultaran historias que nadie se atrevía a contar.

—Buenos días, señor Sebastián.

Una mujer de unos cincuenta años apareció desde el pasillo con una cálida sonrisa.

—Buenos días, Clara.

—¿Ella es la señorita Valeria?

Sebastián asintió.

—Desde hoy vivirá aquí.

Clara se acercó con amabilidad.

—Mucho gusto, señorita. Si necesita cualquier cosa, solo tiene que pedirla.

—Gracias.

Valeria respondió por educación, aunque seguía sintiéndose fuera de lugar.

Mientras observaba el enorme recibidor, no dejaba de hacerse la misma pregunta.

¿Por qué ella?

Entre tantas mujeres, ¿por qué él la había elegido precisamente a ella?

Como si hubiera leído sus pensamientos, Sebastián habló.

—Sé que tienes muchas preguntas.

Valeria soltó una risa breve.

—Creo que tengo más preguntas que respuestas.

Él giró apenas el rostro para mirarla.

—Y tienes derecho a hacerlas.

—Entonces empezaré por la más importante. ¿Por qué yo?

Durante unos segundos, Sebastián guardó silencio. Parecía escoger cada palabra con cuidado.

—Porque eras la única persona que podía aceptar mi propuesta.

Valeria frunció el ceño.

—Esa no responde mi pregunta.

—Lo sé.

—Entonces, ¿cuándo piensa responderla?

Sebastián continuó caminando.

—Cuando llegue el momento indicado.

Valeria suspiró con frustración.

—¿Siempre habla en acertijos?

Una ligera sonrisa se dibujó en el rostro de Sebastián.

—No. Solo cuando la verdad necesita tiempo para ser entendida.

—Esa parece ser su respuesta para todo.

Él la miró fijamente.

—La paciencia siempre revela más que la prisa.

Valeria cruzó los brazos.

—No soy una mujer paciente.

—Lo descubriremos.

Por primera vez desde que lo conocía, Sebastián dejó escapar una sonrisa apenas visible.

Era pequeña.

Casi imperceptible.

Pero bastó para que Valeria entendiera que aquel hombre no era tan fácil de leer como había imaginado.

—Clara te mostrará tu habitación. Descansa un poco. Más tarde hablaremos del contrato... y de las reglas de esta casa.

Aquellas últimas palabras hicieron que el estómago de Valeria se encogiera.

Las reglas.

Claro... debía haber reglas.

Y tenía el presentimiento de que ninguna sería sencilla de cumplir.

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