Conducir hacia la obra bajo el cielo plomizo de Londres no me devolvió la calma habitual. Mi mente seguía atrapada en el ático, en el eco de la voz temblorosa de Casey confesándome su mayor terror. Haberla visto tan pequeña, tan vulnerable, admitiendo que su obsesión por la luz y los espacios abiertos no era una elección estética sino una necesidad vital para no asfixiarse, había cambiado algo en los cimientos de lo que yo creía saber sobre ella.
Ella no solo diseñaba edificios; diseñaba sus pr