El amanecer en el ático de Spencer no entró con la delicadeza de los rayos de sol, sino con el calor de su aliento contra mi oreja. Me desperté lentamente, emergiendo de un sueño profundo inducido por los analgésicos, pero lo que me devolvió a la realidad no fue el dolor de mi mano, sino el rastro de fuego que los labios de Spencer estaban dibujando por mi espalda.
Estaba acostada de lado, protegida por su cuerpo que se amoldaba al mío como una segunda piel. Sus manos, esas manos que ayer movie