Me desperté con la sensación de que mi cuerpo había sido diseñado por un arquitecto mucho más agresivo que yo. Me dolían músculos que no sabía que existían, y la culpa era enteramente de la Gárgola. La luz de la mañana se filtraba por los ventanales del ático, recordándome que el mundo seguía girando a pesar de que el mío se había detenido anoche entre gemidos y sábanas de seda gris.
Me levanté con cuidado, sintiendo el frío del suelo de madera bajo mis pies descalzos. Busqué algo que ponerme y