El reloj marcaba las 9:04 a.m. cuando Isabella tocó dos veces la puerta de la oficina. Nadie respondió. Dudó, con la mano aún en el aire, esperando alguna señal del otro lado. No la hubo. Respiró hondo, empujó suavemente la puerta y entró.
Marcos D’Alessio estaba de pie, de espaldas a ella, frente a las amplias ventanas que dominaban el horizonte de la ciudad. Sus manos cruzadas detrás de la espalda, los hombros tensos, la mandíbula marcada incluso desde esa distancia. No se giró cuando oyó la