La habitación estaba envuelta en penumbra, apenas iluminada por los primeros rayos de sol que se colaban por las cortinas mal cerradas. El aire tenía ese aroma inconfundible a piel cálida, a sábanas revueltas y emociones todavía flotando en el ambiente. Isabella dormitaba abrazada al pecho de Marcos, con una pierna enredada entre las de él, y el rostro hundido en la curva de su cuello. Su respiración era pausada, tranquila, como si por fin hubiera encontrado un pedazo de paz.
El silencio del cu