El silencio era tan denso que se podía oír el propio corazón de Marcos latiendo con fuerza. El viento jugaba con las flores del cementerio, haciendo que algunas pétalos se desprendieran y cayeran suavemente sobre la lápida de mármol que llevaba grabado el nombre de su padre:
Damián Echeverría.
Hombre íntegro y eterno guardián de lo justo.
El sol de la tarde se filtraba entre las nubes, tiñendo de dorado las cruces cercanas. Todo parecía suspendido en un tiempo sin prisa.
Marcos permaneció de pi