La mansión estaba en silencio, apenas interrumpido por el leve tic-tac del reloj de pared. Marcos Echeverría D’Alessio entró con paso lento, como si cada uno pesara toneladas. Dejó el maletín sobre el sillón de cuero y se aflojó la corbata. El aire olía a madera antigua, a recuerdos, a decisiones imposibles.
Sin decir una palabra, caminó hasta la mesa del bar, tomó una botella de whisky y se sirvió un vaso generoso. El líquido ámbar reflejó la luz tenue del candelabro, y por un instante, Marcos