El reloj marcaba casi las once cuando escuchó pasos pequeños bajando por las escaleras. Isabella levantó la cabeza con esfuerzo justo a tiempo para ver a Sofía aparecer, con el cabello un poco mojado y su pijama rosada arrugada.
—Isa… —susurró la niña, deteniéndose a mitad de la escalera—. Escuché que hablaban hace rato. ¿Quién vino?
Isabella forzó una sonrisa.
—Fernando. Me trajo a casa.
Sofía bajó los últimos escalones corriendo y se acercó al sofá. Al verla de cerca, su expresión cambió de i