La sala de reuniones estaba iluminada por la luz natural de la mañana que entraba a raudales por los ventanales. Isabella se mantenía firme, impecable en su postura y con la mirada clara, mientras los inversionistas italianos repasaban los últimos documentos. Todo había salido perfecto: cada cláusula revisada, cada firma colocada, y la cooperación entre ambas partes asegurada. La sensación de logro llenaba la sala, y los italianos, visiblemente satisfechos, se despedían con apretones de manos y