La habitación principal de la mansión Perseus era un monumento a la soledad de su dueño.
Para Selene, en su segunda noche en el lugar, el espacio se sentía infinito y, al mismo tiempo, asfixiante.
No había nada allí que la hiciera sentir bienvenida; no había un pequeño niño pidiendo un cuento antes de dormir, ni el aroma a hogar que ella había construido con tanto esfuerzo en Grecia.
Extrañaba el mar Egeo.
Extrañaba esa brisa salada que solía colarse por su ventana cada mañana, recordándole que