Había pasado una semana desde que el silencio se instaló en el pecho de Zander como una losa de mármol.
Zander observaba a los hombres en la celda mientras eran bañados con agua gélida a presión.
El impacto de la manguera de alto calibre era brutal; los gritos de dolor rebotaban en las paredes de piedra, pero para él, aquello era apenas un susurro comparado con el ruido de su propia conciencia.
Zander conocía bien ese método; los Ancianos lo habían sometido a lo mismo cuando era apenas un niño,