―Felicidades, señor Perseus... felicidades por su compromiso.
Las felicitaciones llovían sobre Zander como dagas de cristal.
Él asentía de manera automática, con una máscara de cortesía que ocultaba el vacío abismal en su pecho.
A su costado, Ariadne Mancini se mostraba radiante, aferrada a su antebrazo, con una elegancia digna de la reina que estaba destinada a ser. Para el mundo, eran la pareja del siglo; para Zander, eran dos extraños firmando un pacto de sangre.
Miles de pensamientos invasi