El edificio de la Gran Sede del Consejo de Ancianos se erigía en el centro neurálgico de Ciudad A como un monumento a la hipocresía.
Sus muros de granito oscuro y sus columnas dóricas hablaban de una justicia ancestral, pero sus pasillos susurraban historias de sobornos, traiciones y sangre lavada con oro.
Aquella mañana, la humedad del puerto se había filtrado en la piedra, dándole al ambiente un aroma a moho y a cera vieja que Selene encontró apropiadamente fúnebre.
Zander y Selene descendier