La llegada de Ariadne Mancini a la mansión Perseus no fue la de una invitada, sino la de una sobreviviente que cruzaba las líneas enemigas con el peso de un imperio en sus manos.
La lluvia no había cesado, y cuando Kethan detuvo el vehículo frente a la escalinata principal, el resplandor de los focos de seguridad hizo que las gotas parecieran esquirlas de cristal cayendo del cielo.
Kethan bajó primero, su mirada escaneando los perímetros con una desconfianza que ya era parte de su ADN, y luego