El silencio que siguió a la mención del nombre de Ariadne Mancini en el Salón de los Cónsules fue tan absoluto que el leve siseo del sistema de ventilación pareció un rugido.
Arthur Mancini permanecía petrificado, con una mano apoyada en la mesa de roble, mientras el color desaparecía de su rostro, dejando una palidez cenicienta que resaltaba cada arruga de su vejez.
Sus ojos, antes cargados de una arrogancia imperial, buscaron desesperadamente la entrada, esperando que el nombre fuera solo un