La noche griega era un manto de terciopelo oscuro salpicado por el parpadeo de las estrellas, pero dentro de la villa, el aire estaba cargado con la electricidad de una despedida inminente.
Zander no había vuelto a mencionar el sobre de Elian Sartori.
En su lugar, se había encerrado en el estudio con una serie de mapas de rutas marítimas y comunicaciones encriptadas.
Selene lo observaba desde el umbral, notando cómo la fogosidad de su genio militar se aplicaba ahora a una tarea paradójica: orga