El silencio de Selene dentro del jet privado era absoluto, denso y casi físico.
A diez mil metros de altura, el zumbido de los motores parecía ser lo único que mantenía sus pensamientos en orden.
Adán, que la observaba desde el asiento de cuero italiano contiguo, soltaba pequeños suspiros de vez en cuando, evaluando la rigidez de su mandíbula y la forma en que sus nudillos se tornaban blancos al apretar el vaso de cristal.
Ella parecía absorta en el mar de nubes que se extendía bajo el ala del