El silencio en la mansión Perseus no era una ausencia de ruido, sino una presencia física, pesada y sofocante, que parecía alimentarse de los secretos que guardaban sus muros. Selene estaba agotada.
El día anterior, tras el violento encuentro en el vestíbulo y la partida de Atlas, había cerrado la puerta de la habitación principal con el seguro, transformando su santuario en una celda por voluntad propia.
Agradecía, en el fondo de su orgullo herido, que Zander no hubiera intentado forzar la ent