El silencio en el estudio de Zander era absoluto, roto únicamente por el crujido del papel manila entre sus dedos.
Ariadne permanecía apoyada contra la puerta, observándolo con una mezcla de lástima y reproche.
Ella conocía ese silencio; era el preludio de una tormenta que, esta vez, no iba dirigida contra enemigos externos, sino contra los cimientos del propio Zander.
―¿Y ahora qué harás? ¿La tendrás como una prisionera en tu hogar por el resto de su vida? Eso es una locura, Zander. Se supone