La mansión Perseus, una vez epicentro de la estrategia más brillante de Ciudad A, se sentía ahora como una necrópolis de secretos.
El aire en los pasillos, saturado por el sistema de purificación de alta tecnología, no lograba eliminar el aroma dulzón y persistente de los jazmines que alguien, con una precisión casi sobrenatural, seguía haciendo aparecer en los rincones más privados de la propiedad. Zander no dormía.
La caída de Arthur Mancini debería haberle traído la paz del vencedor, pero en