La partida de Zander dejó tras de sí un vacío que no se medía en metros cuadrados, sino en una presión atmosférica que amenazaba con aplastar los cimientos de la mansión Perseus. Ciudad A, siempre sensible al olor de la debilidad, reaccionó al instante.
En los muelles, los estibadores que antes bajaban la cabeza ahora murmuraban; en el Consejo, las sombras que Selene había mantenido a raya comenzaron a alargarse.
El invierno había llegado finalmente a la ciudad, cubriendo el puerto con una capa