La luz dorada que había comenzado a brillar frente a Lía se intensificó, envolviendo la sala en un resplandor cegador. Por un instante, todo parecía suspendido en el aire, como si el tiempo mismo hubiera sido detenido. El sonido de los Cazadores que se acercaban se desvaneció, y lo único que Lía podía oír era el latido acelerado de su corazón, el murmullo de las voces en su cabeza, y la presión de la energía que corría a través de su cuerpo.
Kael estaba a su lado, su mano aún sujeta a la suya,