La inquietud de Alejandro se volvía insoportable, se levantó de golpe y salió.
—Alejandro… —Lucía sujetó con fuerza la tela de su camisa, mirándolo con súplica—. ¿A dónde vas?
—Bebé, pórtate bien, debo volver a casa —respondió él con voz suave, aunque una leve irritación se escondía en su tono.
Lucía soltó su agarre con gesto dolido, por dentro hervía de rencor hacia Valeria, pero en sus labios pronunció palabras en su defensa:
—Recuerda, por favor, no la regañes.
—Tonta, piensa más en ti mis