Hasta hacía un instante, Alejandro se mostraba sereno; pero al escuchar a su asistente, se puso tenso de golpe, lo sujetó del brazo con desesperación y lo sacudió mientras lo acribillaba a preguntas:
—¿Dónde está? ¿Dónde está Valeria? ¡Dímelo ya!
—En una aldea de las montañas del suroeste.—respondió el asistente, mareado por los sacudones.
Una chispa de esperanza iluminó el rostro de Alejandro, sin pensarlo, echó a correr hacia la salida. Los accionistas intentaron detenerlo, pero él, fuera de