El amanecer filtraba su luz pálida a través de los ventanales rotos del refugio temporal. Un silencio tenso llenaba el aire, roto solo por el tenue latido que Aurora sentía, no en sus oídos, sino dentro de su propio cuerpo. Un ritmo firme, constante, que no pertenecía a ella, pero que ahora definía su existencia: el latido de su hijo.
Sentada en un rincón, su mano descansaba sobre su vientre, que, aunque apenas comenzaba a mostrar su curva sutil, ya sentía como un universo propio. La guerra, la