La semana recién comenzaba y Alan jugaba con la lapicera entre sus manos, mientras veía por la ventana con la mente en blanco, o quizás en ella. Nunca en su vida había creído que podía enamorarse de una forma tan intensa, en tan poco tiempo de alguien, y sobre todo cuando esa mujer era tan peculiar en su forma de ser y carácter como Milagros. Desde que había llegado a Alemania no podía dejar de pensarla, se sintió tentado en reiteradas ocasiones en llamarla, pero al final no lo hacía.
—¡Alan! —