Al día siguiente, Robert despertó con una fuerte resaca. Su cabeza parecía estar partida en dos. Con lentitud abrió los ojos y encontró a Leandro González contemplándolo. El anciano se inclinó hacia él e intentó arreglar su ondulado cabello que estaba alborotado, no obstante, la fuerte mano de Robert le detuvo y de la misma forma la soltó.
Leandro sonrió y empezó a caminar alrededor del hombre que se encontraba en el sillón.
—Robert, Robert, ¿qué pasa contigo, muchacho? Ya me enteré que serás p