Parado frente al altar con la mirada posada en dirección a la puerta y los brazos hacia atrás, traqueteando los helados dedos sin parar, se encontraba Robert Johnson. Cuando la mano de su hermano se posó en su hombro, giró el rostro hacia él.
—Tranquilo, sí va a llegar.
Robert suspiró y, cuando escuchó encender la música, regresó la mirada hacia la puerta. Sus marrones ojos brillaron al momento en que la vio. Astrid estaba vestida de blanco y se veía tan hermosa como siempre lo había imaginado.