La mañana nos recibió envuelta en un cielo plomizo, cargado de nubes bajas que parecían pesar sobre la ciudad. Una llovizna fina empañaba el parabrisas del todoterreno de Ben, obligando a los limpiaparabrisas a mantener un movimiento constante y acompasado. Las luces de los coches se difuminaban entre las gotas de agua, como si Madrid hubiera perdido parte de su color durante la noche.
El ambiente dentro del vehículo era muy distinto al de unas horas antes.
La serenidad que habíamos encontrado