El regreso al apartamento tras la cena en el casco histórico tuvo un sabor diferente.
Ya no existía la urgencia que nos había consumido los días anteriores, ni el llanto que había desenterrado las heridas más profundas de mi alma. Entre Ben y yo solo quedaba una calma serena, de esas que llegan cuando dos personas dejan de esconderse la una de la otra.
Al apagar el motor en el garaje subterráneo, permanecimos unos segundos en silencio. Ninguno tenía prisa por romper aquel instante.
Ben giró lig